Un G20 de duras transiciones, pocas soluciones y mucha semántica, según la OIT

176

Eduardo Camín    

Una nueva cumbre virtual de líderes del G20, foro internacional de gobernantes y presidentes de bancos centrales, que tiene como meta discutir sobre políticas relacionadas con la promoción de la estabilidad financiera internacional, esta vez convocada por la Presidencia de India, tras los resultados y puntos de acción de la  Cumbre del G20 que se celebró en Nueva Delhi en septiembre de 2023.

El encuentro estuvo presidido por el primer ministro indio, Shri Narendra Modi, y asistieron los Jefes de Estado y de gobierno de los miembros del G20, el Presidente de la Unión Africana, nueve países invitados y los jefes de unas 10 organizaciones internacionales.

En su intervención, la Organización Mundial del Trabajo (OIT) se comprometió a ayudar al G20 a abordar las carencias mundiales de cualificaciones, entre otras cosas trabajando en el desarrollo de una clasificación internacional de ocupaciones que pueda crear una base para el reconocimiento mutuo de las cualificaciones en todo el G20, junto con la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico para ampliar sus bases de datos conjuntas sobre competencias a todos los países del G20 y más allá.

El Director General de la OIT, Gilbert F. Houngbo, hizo hincapié en el aumento de la desigualdad, la inseguridad y la vulnerabilidad, lo que hace aún más importante el trabajo para mejorar y proteger las capacidades. «Los trabajadores necesitarán nuevas competencias para adaptarse y prosperar ante estas duras transiciones», afirmó. «La OIT espera proporcionar nuestra ayuda al G20».

Houngbo, advirtió que los trabajadores enfrentan un doble impacto debido al cambio climático y a las nuevas tecnologías, incluyendo la Inteligencia Artificial (IA).

Las advertencias se suceden, las recetas se repiten

En cada asamblea internacional, ciertas cuestiones se repiten ya que se presentan algunos de los dispositivos propuestos para lidiar con el desbarajuste socioeconómico, sin que realmente perturbe al capitalismo.

Es de esperar que en algún momento la lógica de la discusión establezca una retórica diferente que debata seriamente y advierta sin ambigüedades que  el sistema capitalista mundial es insustentable por su búsqueda insaciable de una acumulación sin fin de capital tendiente a una producción que debe expandirse continuamente para obtener ganancias.

Tanto por su sistema agrícola y alimentario, que contamina el ambiente y no garantiza el acceso cuantitativo y cualitativo universal de comida; como por su desenfrenada destrucción del ambiente; y su continua reproducción y aumento de la estratificación de riqueza dentro y entre los países.

Sin embargo, existen personas al interior de estos organismos, que entienden perfectamente los problemas económicos, ecológicos y sociales que el capitalismo ocasiona, pero creen firmemente que este sistema podría o debería ser reformado, generándose un problema conceptual que no logran sortear.

El número creciente de individuos que critica al sistema económico capitalista y sus “fallas de mercado” frecuentemente termina con “soluciones” que apuntan a un capitalismo con “rostro humano” reformista y no-corporativo fuertemente controlado, en lugar de abandonar los límites del capitalismo, sistema que tiene una única meta, la maximización de ganancias.

Un sistema que  nunca podrá tener un alma, nunca podrá bregar por la justicia social y el trabajo decente,  más alla de las gesticulaciones , y que  por su propia naturaleza, debe manipular y fabricar ilusiones. Por lo tanto, son incapaces de pensar, ni promover, un sistema económico con diferentes objetivos y procesos de toma de decisiones, que ponga el énfasis en las necesidades humanas y ambientales, y no en las ganancias.

En realidad, su perspectiva se reduce a una denuncia y exigencia a los representantes políticos capitalistas para que tomen medidas urgentes o a abrazar las propuestas de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible , pero sin apuntar decididamente contra los intereses y la propiedad de los máximos responsable de esta situación: las grandes corporaciones y multinacionales capitalistas.

El problema mayor es la aparición en ese espacio de organizaciones ambientalistas y de desarrollo, promovidas o cooptadas por las empresas transnacionales, por fundaciones que actúan como mandatarias de éstas o por agencias gubernamentales que defienden políticas de seguridad nacional, o el mismo Banco Mundial, entidades que tratan de sumar adeptos a sus propuestas.

Para esto es necesario un sistema económico democrático, razonablemente igualitario, y capaz de poner límites al consumo, lo que significará sin lugar a duda que las personas deban vivir con un nivel de consumo menor del que se denomina en los países ricos, el estilo de vida de la “clase media”.

Tal vez los informes deberían insistir en generar un estilo de vida más sencillo, porque a pesar de ser “más pobre” materialmente, puede ser más rico cultural y socialmente al reconectar a las personas entre sí y con la naturaleza, y al tener que trabajar menos horas para proveer las cosas esenciales para la vida

Al margen de las responsabilidades   

En amplios sectores de la sociedad prima la lógica de que para solucionar la crisis ecológica el eje central está en los cambios de los patrones de consumo individual, centrando su atención en el “consumo irresponsable”.

La producción capitalista, generadora de patrones y ciclos de consumo a escala planetaria, moldea a los “consumidores” y en esta medida el comportamiento humano individual colabora con la crisis ecológica, por lo cual es deseable promover que estos patrones se modifiquen generando consciencia ambiental.

Pero la realidad es que la influencia que pueden ejercer los cambios del comportamiento individual sobre el carácter funesto de la producción capitalista sobre el medio ambiente es en muchos casos irrelevante y, especialmente, muy desigual. La lógica de centrar la iniciativa del movimiento ambiental en los cambios de comportamiento individual conlleva fundamentalmente a dos problemas estratégicos.

Por un lado, promueve una estrategia ilusoria que favorece una concepción individualista, difuminando o directamente ocultando cuál es el “centro de gravedad” sobre el que hay que denunciar el capitalismo globalizador, y sus grandes corporaciones capitalistas.

Por otro lado, termina fortaleciendo el discurso reaccionario de que “la gente es responsable de la crisis” que va unido a medidas para hacer pagar la crisis ambiental a la clase trabajadora y los sectores más pobres de la sociedad. Un discurso que al mismo tiempo que preserva el sistema y beneficia a los capitalistas, impide incorporar a la lucha a los sectores sociales capaces de enfrentarla.

Represión a manifestantes anti G-20

Frente a la crisis ambiental, el problema central no es la “división” entre quienes contaminan y quienes no lo hacen, sino entre la mayoría social que ya está pagando los costos de la crisis y los capitalistas que la generaron. La resolución de la crisis ecológica no puede darse dentro de las lógicas del sistema actual. No hay esperanzas de éxito en las diversas sugerencias, o en la acumulación de informes sin futuro.

El G20, creado en 1999, está integrado por veinte países industrializados y emergentes de todos los continentes: Alemania, Arabia Saudita, Argentina, Australia, Brasil, Canadá, China, Corea del Sur, Estados Unidos, Francia, India, Indonesia, Italia, Japón, México, Reino Unido, Rusia, Sudáfrica y Turquía, más la Unión Europea. España es invitado permanente. En conjunto las entidades políticas representadas en el G20 reúnen el 66 % de la población mundial y el 85 % del producto bruto mundial

El G20 sigue entre las sombras de las guerras, alejado de la ciencia y el método, en la improvisación de los delirios y justificaciones.

*Periodista uruguayo residente el Ginebra, exmiembro de la Asociacion de Corresponsales de Prensa de Naciones Unidas en Ginebra. Analista Asociado al Centro de Analisis Estrategico (CLAE)