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Subimperialismo: revisión de un concepto/ Aplicación actual

Claudio Katz |Las características del subimperialismo fueron estudiadas por Ruy Mauro Marini en su exposición de la teoría de la dependencia. Ese concepto suscitó controversias en la década del 1970 y ha sido reconsiderado en los últimos años. ¿Tiene relevancia y utilidad? Marini asignó al subimperialismo una dimensión económica compensatoria del sub-consumo y otra geopolítico-militar de protagonismo brasileño. Reconsideró la teoría clásica del imperialismo y registró la nueva hegemonía regional de ciertas formaciones intermedias.
La mundialización neoliberal diferencia a esas economías por su lugar en la cadena de valor. El subimperialismo actual no tiene aplicaciones puramente económicas, ni se extiende a bloques de países. Rige para gendarmes asociados y autónomos de Estados Unidos. No se repiten las conflagraciones inter-imperialistas del pasado. Los mecanismos de dominación global se han diversificado y la semicolonia ha perdido relevancia conceptual.

Fundamentos y objeciones

Marini asignó al subimperialismo una dimensión económica, otra geopolítico-militar y aplicó ambos significados al caso brasileño. En el primer terreno observó que las inversiones extranjeras habían aumentado la capacidad de producción, generando excedentes invendibles en el mercado interno. Destacó que las empresas multinacionales promovían la colocación de esos sobrantes en los países vecinos y utilizó el nuevo término para describir esa acción compensatoria (Marini, 2008: 151-164).Resultado de imagen para subimperialismo

El subimperialismo retrataba la conversión de una economía latinoamericana dependiente en exportadora de mercancías y capitales. Las firmas contrarrestaban la estrechez del mercado local con ventas en el radio circundante. Esa incursión externa desbordaba la esfera industrial e incluía a las finanzas (Marini, 2007: 54-73).

Marini reformuló una tesis expuesta por Luxemburg a principios del siglo XX. Ese enfoque ilustraba cómo las principales economías europeas afrontaban la adversidad de sus estrechos mercados internos. Señalaba que las potencias contrarrestaban esa limitación con políticas imperialistas de expansión hacia las colonias (Luxemburg, 1968: 158-190).

El teórico de la dependencia retomó esa idea de una salida externa para los desequilibrios de sub-consumo. Pero ubicó el fenómeno en economías de menor porte y le atribuyó una escala más acotada (Marini, 1973: 99-100). Marini vinculó el segundo sentido del subimperialismo al protagonismo geopolítico de Brasil. Señaló que el principal país de Sudamérica actuaba fuera de sus fronteras con métodos prusianos, para cumplir con un doble papel de gendarme anticomunista y potencia regional autónoma.

Presentó ese rol como un rasgo complementario y funcional de la expansión económica. Destacó que los gobiernos brasileños actuaban en sintonía con el Pentágono siguiendo las reglas de la guerra fría. El subimperialismo implicaba un perfil represivo pero no meramente subordinado a los dictados del Norte. Las clases dominantes buscaban su propia preeminencia, para garantizar los intereses de las corporaciones instaladas en el país (Marini, 2007: 54-73).

Marini subrayó esta combinación de dependencia, coordinación y autonomía de Brasil, en el período de convulsiones abierto por la revolución cubana. Presentó al subimperialismo como un instrumento de los opresores para sofocar la amenaza revolucionaria. Señaló que operaba en una época signada por disyuntivas entre dos modelos antagónicos: el socialismo y el fascismo.

Otra exponente de la misma teoría ratificó esa caracterización, destacando que el principal propósito de la acción subimperial era impedir la gestación de un escenario pos-capitalista a escala regional (Bambirra, 1986: 177-179). Pero el concepto fue objetado dentro del campo marxista. Los pensadores próximos a la ortodoxia comunista cuestionaron la revisión de las tesis leninistas y el desconocimiento del rol dominante de las finanzas.

Resultado de imagen para subimperialismoRechazaron la existencia de un poder subimperial en Brasil, destacando su incompatibilidad con el sometimiento del país a las potencias del Primer Mundo (Fernández; Ocampo, 1974). Los críticos percibieron que Marini tomaba distancia de los viejos diagnósticos sobre el imperialismo y descalificaron esa reconsideración sin evaluar sus fundamentos.

También Cardoso impugnó el nuevo concepto. Cuestionó la consistencia del subimperialismo y señaló que Marini sobrevaloraba las crisis de realización (Martins, 2011: 233-236).

Otro tipo de observaciones planteó un importante teórico marxista que convergió con el dependentismo. No invalidó el subimperialismo, pero sí su aplicación a Brasil. Estimó que, por su elevada subordinación a Estados Unidos, el país sudamericano no alcanzaba ese estatus (Cueva, 2012: 200).

También el principal colega de Marini mantuvo reservas frente a la nueva categoría. Señaló que planteaba un desarrollo posible, pero dudó de su concreción. Observó que un estatus subimperial generaría conflictos indeseados de las clases dominantes con el poder norteamericano (Dos Santos, 1978: 446-447).

Evaluación de un concepto

Marini replanteó la teoría clásica del imperialismo asimilando distintas actualizaciones. Una reevaluación remarcaba la nueva hegemonía militar de Estados Unidos (Sweezy-Magdoff) y otra subrayaba la atenuación de las confrontaciones bélicas junto al agravamiento de las disputas económicas (Mandel).

El teórico brasileño absorbió esas ideas, junto a la caracterización de un imperialismo colectivo apadrinado por el Pentágono, para gestionar el creciente entrelazamiento internacional del capital (Amin) (Katz, 2011: 33-49).

Ruy Mauro Marini

Ruy Mauro Marini

No sólo fusionó varios elementos de esas miradas (Munck, 1981). También retomó las tesis de otro pensador que subrayaba el nuevo accionar conjunto de las potencias, en desmedro de las viejas contradicciones inter-imperialistas (Thalheimer, 1946).

Bajo esas influencias Marini habló de una novedosa “cooperación hegemónica” entre los centros. Añadió a ese esquema el papel de los países intermedios. Describió la conexión de las potencias subimperiales con los dominadores del planeta.

Su enfoque resaltó el rol de los nuevos centros intermedios de acumulación en la pirámide imperial de posguerra. El análisis de esos países fue su principal objeto de estudio.

Denominó subimperialismo a las semiperiferias estudiadas por la Teoría del Sistema Mundial (Dos Santos, 2009). Indagó la legalidad específica de esas formaciones en la dinámica global (Marini, 2013: 24-26).

El pensador brasileño optó por el término subimperialismo en polémica con otra denominación (satélite privilegiado), que sobrevaloraba la incidencia geopolítica del fenómeno, en desmedro de su impacto económico. La misma objeción formuló contra otra calificación (potencia mediana), que omitía el papel de las empresas multinacionales (Marini, 1991: 31-32).

Con mayor énfasis rechazó la presentación de Brasil como una potencia imperialista. Descartó, además, clasificar al país en el casillero de los imperialismos menores de posguerra (Suiza, Bélgica u Holanda).

Marini situó en el status subimperial a las economías dependientes intermedias, que mantenían relaciones singulares con el imperialismo central. Frente a la errónea identificación del prefijo “sub” con la subordinación a mandatos ajenos, precisó que esa conexión implicaba una combinación del sometimiento con asociación y autonomía. Señaló que el subimperialismo involucraba a economías en proceso de industrialización, sujetas a los turbulentos efectos del ciclo dependiente. Este modelo fue posteriormente teorizado como un patrón de reproducción de ciertos países subdesarrollados (Osorio, 2012).

En el terreno geopolítico estimó que la acción subimperial implicaba cursos expansionistas, amoldados a la hegemonía mundial de Estados Unidos. Subrayó el papel de los liderazgos regionales asociados a la supremacía del imperialismo norteamericano.Resultado de imagen para subimperialismoMarini vinculó también la vigencia del subimperialismo al tipo de predominio prevaleciente en la cúspide de las clases dominantes. Destacó la preeminencia alcanzada en Brasil por las empresas industriales y sus socios financieros. Resaltó que ese sector comandaba la expansión al vecindario próximo (Bueno, 2010).

Con esa observación sugirió importantes márgenes de variabilidad del subimperialismo, en función del sector capitalista predominante. Señaló la vigencia de fases cambiantes de ese estatus y planteó que esa modalidad carecía de la estabilidad imperante en las potencias imperiales.

Marini también puntualizó el acceso selectivo a la condición subimperial. Estimó que sólo algunas economías intermedias reunían los requisitos exigidos para alcanzar ese estamento. Ubicó a Brasil pero no a la Argentina en ese lugar.

Para el teórico dependentista un posicionamiento subimperial suponía gran cohesión política de la burguesía en torno a su estado. Entendía que la ausencia de esa homogeneidad, impedía tanto a la Argentina como a México, emular el lugar alcanzado por Brasil. En el primer caso atribuía esa limitación a la prolongada crisis del sistema político y en el segundo a la gran dependencia hacia Estados Unidos (Luce, 2015: 31-32, 37).

Marini precisó que en contextos económicos semejantes el tipo de estado era determinante de la acción subimperial. Con este razonamiento redujo a pocos casos los países con ese tipo de aptitudes. Situó en ese campo a Brasil, Israel, Irán y África del Sur (Luce, 2011).

La teoría de Marini tuvo ciertos precedentes en caracterizaciones de los imperios subsidiarios (España) o relegados (Rusia). Pero fue concebida como un rasgo exclusivo del capitalismo de posguerra. No retrotraía la vigencia del subimperialismo brasileño al siglo XIX. Su concepto contribuyó a superar anacronismos e incentivó un fructífero programa de investigación.

Otro escenario

Un análisis actual del subimperialismo debería registrar la diferencia radical que separa al capitalismo del siglo XXI con el vigente en la época de Marini. Desde los años 80 el modelo keynesiano de posguerra quedó sustituido por un esquema neoliberal de agresión permanente contra trabajadores. La precarización deteriora el salario y el desplazamiento de la industria a Oriente abarata la fuerza de trabajo. El desempleo intensifica la marginalidad urbana y los capitalistas utilizan la informatización para aumentar la rentabilidad, destruyendo empleos y potenciando las desigualdades.

Este contexto difiere del estudiado por Marini. Las economías intermedias que focalizaron su atención continúan cumpliendo un rol clave, pero operan en un nuevo marco de empresas transnacionales, tratados de libre-comercio y finanzas mundializadas. En comparación a los años 70, los mercados internos de los países intermedios han perdido relevancia frente a la actividad exportadora. La cadena global de producción incrementa, además, las variedades de esas formaciones (Domingues, 2012: 47-55).

En la actualidad se verifican tres modalidades de economías equivalentes a las indagadas por Marini. Algunas semiperiferias con mayor desarrollo precedente mantienen su vieja especialización en exportaciones básicas y una reducida incidencia global (Argentina). Otras se insertaron en procesos mundiales de fabricación sin expandir su influencia regional (Corea del Sur). Un tercer tipo exhibe enorme peso en su zona aledaña con bajo porcentual de PBI per cápita (India).

Estas economías continúan distanciadas de los países nítidamente periféricos (Mozambique, Angola, Bolivia) y de las potencias centrales (Estados Unidos, Alemania, Japón). Se ubican en el lugar investigado por Marini. Pero, a diferencia de la etapa precedente, ha irrumpido una nítida diferenciación al interior de ese segmento, en función de la conexión que cada país ha establecido con la mundialización neoliberal.

También se ha profundizado la brecha entre estructuras económicas semiperiféricas y roles subimperiales. Lo que determina el pasaje del primer estatus al segundo no es la incidencia en la cadena de valor. Países más enlazados a la internacionalización productiva (Corea) o poco integrados a esa red (Argentina) no han modificado sus carencias subimperiales. El potencial divorcio entre ambas situaciones que sugirió Marini ha cobrado nuevas formas.

Interpretaciones económicas

Resultado de imagen para subimperialismoLa distinción entre economías intermedias y potencias subimperiales es un dato clave del escenario actual. Esta diferencia fue omitida en las caracterizaciones que extendieron a México o Argentina el papel asignado por Marini a Brasil. Se supuso que la performance subimperial correspondía a naciones latinoamericanas con cierto desarrollo industrial y consiguiente distanciamiento de los países puramente agro-mineros (Bambirra, 1986: 177-179).

Un gran estudioso de la teoría de la dependencia mantiene ese criterio, resaltando la envergadura alcanzada por las empresas multilatinas (Techint, Slim, Cemex) (Osorio, 2009: 219-221). Estima que los bloques regionales y las uniones aduaneras han potenciado la vocación subimperial de todos los estados que albergan ese tipo de compañías (Osorio, 2007). Pero el peso de esas firmas no ubica necesariamente en el mismo casillero subimperial a países con perfiles geopolíticos, militares y estatales muy distintos.

En los últimos años este problema desbordó el ámbito latinoamericano. La aparición del bloque integrado por los BRICS abrió el debate sobre la validez de la categoría subimperial para ese conglomerado.

Autores que valorizan el enfoque de Marini retomaron sus objeciones a la simple caracterización de los integrantes de ese grupo como potencias medianas. Recuerdan las insuficiencias de un mote divulgado por la ciencia política convencional (Bond, 2015: 243-247).

Pero una clasificación de los BRICS en el universo subimperial omitiría la heterogeneidad de ese bloque. Uno de los participantes de esa sociedad -China- ya traspasó el estatus intermedio e ingresó en el núcleo de las economías centrales. Este dato impide situar a todo el alineamiento en el estamento estudiado por Marini.

Esa aplicación afronta además otro inconveniente: los BRICS han establecido una alianza económica sin clara proyección geopolítica. Sus miembros mantienen relaciones muy diferentes con las potencias centrales.

Basta comparar la ligazón de India con Estados Unidos con la establecida por China o Rusia para notar ese abismo. Cada componente del conglomerado actúa en función de sus prioridades regionales y la búsqueda de esa preeminencia mantiene abiertos los potenciales conflictos entre China, India y Rusia.
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A diferencia del imperialismo colectivo de la tríada, los BRICS no surgieron en escenarios pos-bélicos para garantizar objetivos estratégicos comunes. Ese grupo emergió para conformar un espacio de negociación dentro de la globalización neoliberal. Es una alianza al interior de esa estructura.

Por esta razón todas las cumbres de los BRICS han girado en torno a iniciativas económicas (bancos, inversiones, uso de monedas) y recrean debates empresariales afines al foro de Davos (García, 2015: 243-247). Este curso ha confirmado que el concepto de subimperio no se extiende a un bloque. Es sólo pertinente para potencias regionales que disputan influencia zonal.

Replanteo de un estatus

Las formas subimperiales han cambiado en un escenario geopolítico signado por la extinción de la guerra fría. Desapareció el propósito anticomunista primordial que condicionaba todas las relaciones de Estados Unidos con sus socios. Los conflictos entre las clases dominantes se procesan ahora en un marco de negocios globalizados y rediseños de fronteras, que contrastan con el congelado mapa de posguerra.

El viejo contexto de bipolaridad aún vigente en el debut del neoliberalismo (1985-89) fue sucedido por una fase de supremacía unipolar (1989-2008) y otra de multipolaridad (2008-2017).

Pero en períodos tan cambiantes ha persistido un dato ordenador del planteo de Marini: la preponderancia militar estadounidense. La primera potencia mantiene el liderazgo de la gestión imperial concertada, que a mitad del siglo XX sustituyó a las viejas confrontaciones inter-imperialistas.

Esa preeminencia persiste junto a la pérdida de primacía económica norteamericana. El garante del orden capitalista mantiene su función protectora de las clases dominantes del planeta. Ya no tiene capacidad de acción unilateral, pero preserva un gran poder de intervención. Estados Unidos fija por ejemplo las pautas del club nuclear, que penaliza a quienes intentan acceder en forma autónoma a esos recursos. También dirige las coaliciones de Occidente que perpetran ocupaciones o desplazan gobiernos contestatarios. Las agresiones que Bush consumaba con pretextos banales fueron continuadas con modalidades encubiertas por Obama.br lula y obama

La lógica del subimperialismo se adecúa a ese padrinazgo del Pentágono. Pero adopta un contenido amoldado a los crecientes conflictos por la primacía regional dentro de la mundialización neoliberal. Esas tensiones no tienen la envergadura mundial que caracterizó a la primera mitad del siglo XX (Panitch, 2015: 62). Presentan una escala acotada que no repite lo ocurrido en el pasado. Tampoco prepara la tercera guerra mundial que erróneamente anticipan algunos autores (Sousa, 2014). Los subimperios actúan para reforzar su primacía, sin involucrar a las grandes potencias en conflagraciones generales.

Otro dato del periodo es la ausencia de proporcionalidad entre la supremacía económica y la hegemonía político-militar. Japón y Alemania se han consolidado como dominantes en el primer terreno y huérfanos en el segundo, mientras que Francia e Inglaterra han protagonizado un curso inverso.

Como en la época de Marini los subimperios actuales son potencias regionales en el plano económico y político-militar y estatal. Deben reunir estas dos condiciones y no sólo una de ellas.

trasnacionales1No basta con la presencia de empresas transnacionales (Corea, México, Chile), acciones belicistas sistemáticas (Colombia) o esporádicas incursiones guerreras (Argentina durante Malvinas). Sólo quiénes concentran todos los componentes del perfil subimperial asumen ese rol.

Tal como señaló Marini la denominación corriente de esos países -potencias intermedias- no alcanza para caracterizarlos. Pero son naciones que ubicadas en ese estrato. Ninguna es un típico país del Tercer Mundo. En la actualidad el aspecto geopolítico-militar es determinante del estatus subimperial. Esa condición exige un grado de autonomía suficiente para remover tableros a favor de las principales clases dominantes de cada zona.

Pero la condición subimperial también requiere mantener la sintonía con la primera potencia. Estos dos rasgos subrayados por Marini (asociación con Estados Unidos y poder propio) han persistido. La propia denominación de subimperio indica una elevada gravitación de la acción militar. Economías poderosas con reducidos ejércitos quedan excluidas de ese estamento. Por eso los subimperios corresponden, en general, a países que ya desenvolvieron en el pasado un rol militar significativo fuera de sus fronteras.

El ejercicio efectivo de ese poder es incierto por el vulnerable lugar de esos países en la jerarquía global. Los gendarmes regionales están corroídos por agudos desequilibrios, que contrastan con la estabilidad alcanzada por los imperios centrales. Esa fragilidad determina la transitoriedad de los subimperios. Pocos candidatos del espectro posible logran corporizar efectivamente esa condición (Moyo, 2015: 189-192).

Controvertidas extensiones

En nuestra reformulación sólo algunos países -como Turquía o India-cumplen actualmente los requisitos del subimperio. Son economías semiperiféricas con gran desenvolvimiento intermedio, que mantienen una estrecha relación con Estados Unidos y buscan aumentar su predominio regional. El componente geopolítico-militar define un estatus que se ajusta a varios enunciados de la teoría marxista de la dependencia.

Resultado de imagen para turquia indiaOtra interpretación propone una mirada ampliada del subimperialismo, como nuevo determinante de conflictos de gran porte. Este enfoque rechaza el sentido que asignó Marini al concepto. Considera que el crecimiento de posguerra redujo la brecha centro-periferia y facilitó un gran desarrollo de los capitalismos nativos. Estima que esa expansión genera confrontaciones subimperiales, que recrean los clásicos choques inter-imperialistas del pasado (Callinicos, 2001).

Con este abordaje se postuló en la década pasada un listado más extendido de subimperios. En Medio Oriente, Irak, Egipto y Siria fueron añadidos a Turquía e Irán. En Asia, la India fue acompañada de Pakistán y Vietnam y en el continente negro Nigeria se sumó a Sudáfrica. En América Latina, Brasil quedó complementado con Argentina.

En esta interpretación todo país con proyección regional y procesos de acumulación significativos participa del universo subimperial. Esta ampliación del concepto pondera el impacto local del fenómeno. Resalta su gravitación zonal y relativiza las conexiones con la estructura global del imperialismo.

Marini propuso un número inferior de subimperios por la doble impronta que asignaba al fenómeno. Definió esa condición por relaciones de asociación y autonomía con las potencias centrales y por acciones de gendarme regional. Por eso su listado excluía a Irak, Egipto, Siria, Vietnam, Nigeria o Argentina. Su enfoque no magnificaba la presencia de los subimperios y evitaba divorciarlos del orden mundial.

En esa mirada había una implícita distinción entre subimperios potenciales y efectivos. Pakistán y Argentina podían contener pretensiones de ese estatus, pero no lograban consumarlo. Bajo gobiernos dictatoriales ambos países mantenían su estrecha subordinación al Pentágono sin desenvolver estrategias autónomas.

Marini evitaba, además, confundir aspiraciones subimperiales con acciones antiimperialistas. Aunque Vietnam afrontaba serios conflictos con sus vecinos, estuvo involucrado en la principal guerra contra Estados Unidos del continente asiático. Por su parte, Egipto y Siria confrontaban primordialmente con Israel, que era el principal exponente de los intereses norteamericanos en Medio Oriente.

La mirada extendida del subimperio omite estas caracterizaciones indispensables, para ubicar adecuadamente la categoría en cada circunstancia. Además, concibe guerras entre esas formaciones como un rasgo de la época actual. Atribuye ese alcance a los conflictos armados que enfrentaron a Grecia con Turquía, a India con Paquistán y a Irak con Irán. Supone que esas sangrías reemplazan a las conflagraciones entre potencias centrales de la era del imperialismo clásico.

Pero esa comparación es inadecuada no sólo por la diferente magnitud de ambos conflictos. Omite la relación que presentan los choques regionales con el papel rector de Washington. Aunque Irak inició la guerra contra Irán con objetivos propios, esa aventura fue propiciada por Estados Unidos para doblegar al régimen de los Ayatollah.Resultado de imagen para jomeini

Los subimperios no repiten las viejas rivalidades inter-imperialistas. Se desenvuelven en un período de extinción de esas conflagraciones. Estados Unidos ya no guerrea con Japón por el control del Pacífico, ni con Alemania por la supremacía en Europa. Coordinan una gestión imperial conjunta y a veces enlazada con la acción de subimperios regionales.

La tesis extendida exagera el poder de las configuraciones intermedias. Olvida que esos países actúan por referencia a un imperialismo colectivo liderado por Estados Unidos. No registra que los conflictos bélicos entre subimperios tienden a quedar acotados por los umbrales que fijan las potencias globales.

Una caracterización sobredimensionada de los subimperios conduce, además, a evaluaciones políticas erróneas. Por asignarle a la Argentina un status subimperial se interpretó la guerra de las Malvinas como una confrontación inter-imperial entre potencias de distinta envergadura (Callinicos, 2001).

Esa mirada omitió que el trasfondo de ese conflicto era la usurpación colonial de una porción del territorio argentino. En Malvinas, no colisionó un imperio maduro con otro en gestación. El colonialismo británico reafirmó su atropello de la soberanía del país sudamericano. La legitimidad de una demanda nacional de Argentina queda diluida en la caracterización subimperial de ese país.

Incomprensión de una categoría
Un autor crítico del subimperialismo objeta la sustitución del análisis clasista de la explotación por interpretaciones centradas en la sujeción de países. Cuestiona especialmente la existencia de una regla tripartita de opresión nacional, considerando que es falso imaginar una explotación en cadena de Bolivia por Brasil y de Brasil por Estados Unidos. Afirma que para analizar la tensión entre burguesías por el reparto de plusvalía, no hay ninguna necesidad de recurrir a las categorías del imperialismo (Astarita, 2010: 62-64).

Pero esta mirada atribuye a Marini una tesis que nunca postuló. Jamás supuso que el subimperialismo implicaba mecanismos de explotación entre países. Siempre especificó que las empresas multinacionales lucraban con la extracción de plusvalía a los trabajadores de naciones vecinas a Brasil.

Explicó de qué forma ese proceso obedecía a contradicciones del capitalismo. Señaló que el curso de la acumulación chocaba con límites a la realización del valor, que inducían a los capitalistas a compensar desequilibrios desbordando las fronteras.

Marini tampoco reformuló el esquema tripartito de metrópolis-satélites postulado por Gunder Frank. Desenvolvió una tesis marxista singular, que ha sido malinterpretada por las lecturas antidependentistas (Katz, 2017). Pero el principal problema de esa crítica al subimperialismo es el desconocimiento del sentido geopolítico-militar del concepto. No capta su relevante papel en la jerarquía global imperante bajo el capitalismo

André Gunder Frank

André Gunder Frank

contemporáneo.

El objetor supone que basta con señalar la dinámica agresivo-competitiva de este sistema para comprender su funcionamiento. Pero ignora que esa caracterización es tan sólo el punto de partida del problema. El capitalismo opera a escala mundial y depende de un orden coercitivo que requiere dispositivos imperiales.

Por omitir este dato desconoce cómo el análisis del subimperialismo contribuye a esclarecer las múltiples formas actuales de opresión mundial. Esos dispositivos son indispensables para la reproducción del capitalismo. El subimperialismo es una categoría de ese orden mundial y su validez proviene de la existencia de guerras y conflictos regionales. Al olvidar esa estructura (o suponer que al economista no le corresponde evaluar ese tema), el crítico empobrece el análisis inaugurado por Marini.

Más que analizar cadenas de exacción del excedente entre economías grandes, medianas y pequeñas, el subimperialismo alude al papel geopolítico de las potencias regionales. Es un concepto esclarecedor de la estructura piramidal de dominadores, socios y vasallos que sostiene al capitalismo

Contraposición con semicolonia
Algunos autores consideran que el subimperialismo contradice la tradicional contraposición entre el centro y la periferia. Resaltan especialmente el atraso de Brasil y recuerdan su distancia con las potencias centrales. Estiman que el país continúa sometido a una condición semicolonial compartida con Argentina y México (Matos, 2009). Esa visión subraya, de hecho, la persistencia del escenario descripto por los marxistas clásicos a principio del siglo XX.

Pero este abordaje desconoce la obsolescencia del viejo retrato de un puñado de potencias sofocando a indistintas periferias. Ese tipo de dominación imperial fue reemplazada hace mucho tiempo por otras sujeciones. Las tres formas típicas de subordinación de la centuria precedente (colonias, semicolonias y capitalismos dependientes) dieron lugar a variedades más complejas de estratificación, que fueron analizadas por un teórico marxista en los años 70 (Mandel, 1986).

El retraso productivo, el rentismo agrario o la estrechez de los mercados no definen actualmente el estatus semicolonial de un país. Sólo indican brechas de desarrollos o modalidades de inserción internacional. Esa categoría no esclarece si un país es agro-minero o industrial mediano. Tampoco clarifica si alcanzó cierto desenvolvimiento del mercado interno o depende de las exportaciones.Resultado de imagen para subimperialismo econom,ico

La noción semicolonia retrata un estatus político. Ilustra el grado de autonomía con las principales potencias. En las colonias las autoridades son designadas por las metrópolis y en las semicolonias son digitadas en forma encubierta por los centros.

Las colonias son actualmente marginales y las semicolonias persisten sólo en aquellos países que padecen la subordinación total al Departamento de Estado. Honduras es un ejemplo de ese tipo. Lo mismo ocurre con Haití. Pero ese estatus no rige para Brasil que es ocupante de esa isla. No es lógico colocarlos en el mismo plano, olvidando que el principal país sudamericano es miembro del G 20.

Por el margen de autonomía que tienen sus estados, Brasil, México o Argentina están situados fuera del casillero semicolonial. Esa condición se extinguió en el siglo pasado y no reapareció con la preeminencia de gobiernos afines a Washington. El estado es manejado por clases dominantes locales y no por emisarios de la embajada estadounidense.

Es cierto que la economía brasileña depende de recursos naturales y padece un alto grado de apropiación externa. Pero esos rasgos no definen por sí mismos el posicionamiento del país en el orden global. Hay potencias imperialistas con grandes reservas naturales (Estados Unidos) y otras con significativa extranjerización de su economía (Holanda).

Tampoco las crisis económicas recurrentes determinan la ubicación internacional de cada país. Muchas naciones de la periferia inferior languidecen sin grandes turbulencias periódicas y otras del centro afrontan un alto grado de inestabilidad económica.

Quienes sitúan a Brasil en el universo semicolonial resaltan la brecha de productividad o PBI per cápita, que separa al país de las economías avanzadas. Pero una fractura semejante se verifica con las empobrecidas naciones de la periferia inferior. La distancia con Nicaragua o Mozambique es tan significativa como la existente con Francia o Japón.

Marini justamente indagó el universo del subimperialismo para superar la simplificada ubicación de Brasil en la periferia del planeta. En una conceptualización actualizada de distintas ubicaciones geopolíticas correspondería distinguir a las potencias dominantes de los países que cargan con grados muy diferenciados de dependencia. La subordinación de Honduras contrasta con la autonomía de Brasil.

Inconsistencias dogmáticas

La reivindicación del concepto semicolonia en contraposición a la noción de subimperialismo, presupone la total actualidad del diagnóstico expuesto por Lenin sobre el imperialismo. Esa mirada se asemeja a la adoptada por la ortodoxia comunista frente a Marini en los años 70. Ambas desestiman los cambios registrados en la dinámica imperial desde la mitad del siglo XX.

En nuestro libro sobre el imperialismo (Katz, 2011) hemos expuesto una actualización con abordajes semejantes a Marini. Registramos los mismos cambios que el pensador brasileño intuyó en la posguerra en tres planos: la existencia de una mayor integración mundial de los capitales, la ausencia de guerras inter-imperialistas y el rol dominante de Estados Unidos. Resaltamos la gravitación del mismo proceso de “cooperación hegemónica” entre las potencias imperiales. Nuestra revalorización del subimperialismo se apoya en esta coincidente mirada.

Resultado de imagen para imperialismoAlgunos críticos objetan nuestro enfoque con los mismos argumentos que cuestionan la tesis subimperial. Aceptan la vigencia de fuertes tendencias a la convergencia entre capitales de distinto origen nacional, pero subrayan la dinámica contradictoria de ese proceso. Destacan que no se han creado clases dominantes transnacionales despegadas de los viejos estados. Consideran que este marco genera tendencias explosivas que habríamos ignorado. No aclaran, sin embargo, cuál ha sido nuestra omisión (Cri; Marcos, 2014).

Desde el momento que la burguesía no forjó clases y estados mundializados esos desequilibrios saltan a la vista. Los objetores se limitan a exponer las mismas tensiones que registramos nosotros y que a su vez recogemos de otros autores.

Pero su retrato de ese curso es llamativo. Por un lado aceptan la preeminencia de empresas multinacionales y por otra parte postulan su irrelevancia. Resaltan la asociación internacional de capitales y al mismo tiempo subrayan la continuidad de la rivalidad. Con esa dualidad no especifican cuál es la tendencia predominante.

Los objetores entienden que ambos procesos coexisten con la misma fuerza del pasado. Pero en ese caso prevalecería una continuidad del escenario leninista, que ha sido alterado por la mayor integración de los capitales. Ejemplifican la persistencia de las viejas rivalidades, en las disputas que actualmente oponen a Alemania con Estados Unidos por el manejo de las crisis monetarias. Afirman que omitimos esas contradicciones.

Pero nuestro enfoque no desconoce esos choques. Simplemente los contextualiza en un escenario de ausencia de guerras entre potencias. Postulamos que las conflagraciones que inspiraron las tesis de Lenin no se verifican en la actualidad. Por eso nadie vislumbra la repetición de conflictos armados entre Estados Unidos, Francia, Alemania, Japón o Inglaterra.

No queda claro si los críticos opinan lo contrario y pronostican la reaparición de confrontaciones entre los ejércitos que integran la OTAN. En lugar de precisar ese diagnóstico retratan las divergencias suscitadas por las cotizaciones del euro y el dólar. Pero es evidente que esas discrepancias financieras no se equiparan con los choques, que desembocaron en la Primera o Segunda Guerra Mundial.

Resultado de imagen para imperialismoNo alcanza con exponer generalidades sobre las tensiones inter-imperiales. Hay que mensurar su envergadura y potencial desenlace. Por eso señalamos que carecen de corroboración las hipótesis de reiteración de lo ocurrido a comienzo del siglo XX.

La triada ejerce actualmente un chantaje nuclear contra terceros que no extiende a sus miembros. Los conflictos económicos en el seno de esa alianza no se proyectan a la esfera militar. Nadie quiere desarmar el sistema de protección capitalista que controla el Pentágono y una eventual confrontación con Rusia o China, tampoco repetiría los conflictos inter-imperialistas del pasado.

En vez de abordar estos problemas, los objetores se limitan a constatar la existencia de tendencias opuestas. Registran la mayor integración mundial de capitales y al mismo tiempo objetan la disipación de las guerras inter-imperialistas. Pero con esa exposición de cursos diversos no evalúan las consecuencias de sus propias formulaciones. Si hay mayor entrelazamiento burgués mundial y también idénticas posibilidades de guerras, no se entiende la lógica de la indagación.

Esa inconsistencia deriva de suponer que el capitalismo contemporáneo es un calco del vigente en la centuria pasada. Para conservar la lealtad a la teoría clásica del imperialismo -con datos que modifican ese escenario- crean un nubarrón de oscuridades.

Ese eclecticismo se extiende a la evaluación del rol estadounidense. Los críticos reconocen el abismo de fuerzas militares que separa a la primera potencia de cualquier otro concurrente. Pero no deducen ningún corolario de esa singularidad.

Resaltan el agotamiento del liderazgo norteamericano sin compartir los pronósticos de reemplazo de esa supremacía. Optan por la ambigüedad. Rechazan las teorías del declive y también las tesis de continuidad de la primacía norteamericana.

Con ese posicionamiento repiten lo obvio (Estados Unidos ya no cuenta con la fuerza de posguerra), sin explicar por qué razón el dólar perdura como refugio ante las crisis, las compañías yanquis lideran el desarrollo de la tecnología informática y el Pentágono persiste como pilar de la OTAN.

Para subrayar analogías con el escenario leninista los críticos registran “trazas kaustkianas” en nuestro enfoque, señalando afinidades con el “modelo ultra-imperialista”. Estiman que esta visión supone imaginar un “imperio sin desafíos”, en la “gestión de un capitalismo estable y fuerte” (Chingo, 2012).

Nuestro texto abunda en datos y evaluaciones de los desequilibrios que genera el imperialismo actual. Una simple lectura de esas caracterizaciones desmiente cualquier impresión de estabilidad del sistema. Pero ordenamos esas contradicciones en la lógica de un sistema económico más internacionalizado y gestionado de manera colectiva bajo el comando estadounidense.

A diferencia de los enfoques dogmáticos, Lenin situaba cada problema en la especificidad de su tiempo. Por eso resaltaba la peculiaridad bélica de los conflictos frente a las expectativas pacifistas de Kautsky. Esta contraposición podría actualizarse contrastando las visiones antiimperialistas, con las ilusiones socialdemócratas en el intervencionismo imperial “humanitario”.

En lugar de intentar esa aplicación, los críticos trazan una divisoria entre intérpretes de la crisis (ellos) y teóricos de la estabilidad (nosotros). Esta clasificación carece de sentido.

Para comprender el imperialismo actual hay que asumir riesgos analíticos, reconocer hallazgos y abandonar tesis perimidas. Nuestros objetores soslayan estos compromisos y quedan afectados por el mal que nos achacan: navegar en la ambigüedad. Al reconocer una cosa y lo contrario, no aportan sugerencias sobre la dinámica actual de la opresión imperial y sus complementos subimperiales.

Marini delineó varias ideas para comprender esos procesos. ¿Pero cómo operan en la actualidad? Plantearemos nuestra respuesta en el próximo texto.

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II.  Aplicación actual

Los debates teóricos sobre el subimperialismo suscitan interés, pero el concepto es relevante si esclarece la realidad contemporánea. ¿Cómo se aplicaría en el contexto actual? La categoría tiene especial vigencia para una región con prolongados escenarios de guerra como el mundo árabe. Esos conflictos involucran a potencias centrales (Estados Unidos, Francia, Inglaterra) y en recomposición (Rusia), junto a varios actores locales (Turquía, Arabia Saudita, Israel, Irán).

Ese conglomerado ha intervenido en confrontaciones que desembocaron en una tragedia sin límites. La responsabilidad de Estados Unidos salta a la vista. Anhela la apropiación del petróleo y el control de áreas estratégicas del comercio internacional. Sus presidentes comandaron la destrucción de Afganistán (Reagan-Carter), Irak (Bush), Libia y Siria (Obama). Esa devastación incluyó aterradoras masacres, que implicaron 220.000 muertos en el primer país, 650.000 en el segundo y 250.000 en el cuarto.

En los últimos seis años el principal objetivo político de esa sangría fue el aplastamiento de la primavera árabe. Las revueltas fueron sofocadas mediante dictaduras (Egipto, Siria), retornos al viejo régimen (Túnez), invasiones (Libia) y masacres yihadistas (Siria).Resultado de imagen para eeuu israel

Es evidente el protagonismo imperial en esa demolición. Pero Estados Unidos no actúa solo. Mantiene una estrecha conexión con tres potencias de la región (Turquía, Arabia Saudita e Israel) y oscila entre la amenaza y la negociación con otro contendiente decisivo (Irán). ¿Estos países operan como fuerzas subimperiales?

El principal prototipo
El concepto le cuadra perfectamente a Turquía, que intervino en la reciente guerra de Siria siguiendo todas las reglas del subimperialismo. El gobierno de Erdogan buscó tumbar a su viejo rival Assad, para gestar un liderazgo zonal en alianza con la Hermandad Musulmana. Ante el derrocamiento de su socio en Egipto y el peligro de gestación de un estado kurdo, el presidente turco consumó un espectacular viraje. Se sumó al bloque de rusos e iraníes que sostienen al régimen sirio. Como no logró primacía en el desplazamiento de su adversario optó por sostenerlo.

Este giro ilustra cómo desenvuelve Turquía su estrategia de hegemonía regional. Sus gobernantes acumulan gran experiencia en ese tipo de maniobras. Combinan la asociación con el distanciamiento de Estados Unidos. Turquía es miembro de la OTAN y mantiene una aceitada conexión con el Pentágono. Alberga una base militar con ojivas nucleares apuntando a Rusia y ha enviado tropas a operaciones en Afganistán, Irak y Somalia.

Pero los gobernantes del país nunca actúan como simples policías regionales. Apuntalan apetitos expansivos de larga data. Por eso invadieron y ocuparon Chipre. La estrategia de resurgimiento neo-otomano no es una fábula nostálgica. Inspira un proyecto de hegemonía regional. Esa pretensión se asienta en tradiciones despótico-estatistas recreadas por la tutela militar. A diferencia de América Latina o el sur de Europa, el fin de la dictadura no disminuyó en Turquía el peso dominante del ejército en la estructura política. Esa gravitación es un componente decisivo de la presión subimperial.

Con ese belicismo se busca mantener la tasa de crecimiento que afianzó el perfil económico intermedio del país. Las corporaciones de origen turco operan desde los años 80 en varios países, a través de convenios de libre-comercio.

tur erdogan al ataqueEstas características tornan apropiado el calificativo subimperial que utiliza un autor para retratar el perfil del país ( Çağlı, 2009). La política expansionista parece cuajar más con la fracción política islámica de la burguesía (Rabiismo), que con el viejo segmento atlantista (Kemalismo). El primer sector no le perdona al segundo haber aceptado el sometimiento a Occidente, en desmedro de la identidad sunita. Por eso intentan comandar ahora un proyecto de islamización regional (Savran, 2016).

El perfil subimperial de Turquía incluye la opresión histórica de varias minorías nacionales. Especialmente los kurdos son víctimas de un orden autoritario que exige la total supremacía de una sola lengua, raza e idioma. Lo mismo ocurrió con el genocidio armenio, perpetrado sobre el final de la Primera Guerra Mundial para construir un estado homogéneo. La negación de esa masacre forma parte de la nacionalidad imaginada en la constitución de Turquía. Es un cimiento del proyecto de restauración neo-otomana (Batou, 2015).

El carácter subimperial de Turquía se verifica también en una persistente disputa con Irán, que recrea antiguas rivalidades con el imperio persa. Esa competencia guía la política exterior del país y ha sido determinante de la intervención en Siria. Pero a ese choque tradicional se ha sumando otro inesperado contendiente con aspiraciones hegemónicas.

Un ensayo aventurero

saudi rey-abdullah-bin-abdul-azizLas pretensiones subimperiales de Arabia Saudita han sido muy visibles en la guerra de Siria. La monarquía encabezó el sostén a los yihadistas para tumbar a Assad y su régimen criminal es el principal referente de los fundamentalistas. El reino disputa hegemonía con Irán recurriendo a una antigua contraposición entre sunitas y chiitas, que se cobró un millón de muertos en la guerra entre Irak e Irán. No tolera la preeminencia lograda por sus adversarios en los gobiernos que sucedieron a Saddam Hussein. Exige además el sometimiento de todos los pobladores chiitas de la península arábiga, que encabezaron las protestas de la primavera árabe (Jahanpour, 2014).

Para constituirse como una fuerza subimperial, los sauditas han actuando con gran autonomía militar primero en Barhein y luego en Yemen. Comandan una atroz escalada de masacres en este estratégico enclave. Aprovechan la importante colaboración de Inglaterra y Francia, pero han desarrollado el grueso de las operaciones bélicas por su propia cuenta. Siguiendo un principio básico del subimperio Arabia Saudita mantiene una estrecha asociación con el Pentágono. Es un gran cliente en la compra de armamento y su poder financiero apuntala al dólar como moneda mundial.

Pero al cabo de muchos años de manejo de una renta colosal, los monarcas han construido un poder propio, que genera múltiples conflictos con Washington. El petróleo es un área de controversia. Estados Unidos incrementó su abastecimiento interno, redujo la dependencia de los proveedores, utiliza la baratura del combustible como instrumento de presión sobre Rusia e Irán y afecta los negocios de los sauditas.

Los monarcas han respondido con cierta ambivalencia. Por un lado avalaron la caída del precio para obstruir la vulnerable rentabilidad de la producción norteamericana (extracción con shale). Pero también priorizaron la convergencia con Estados Unidos para disciplinar a la OPEP y debilitar a Teherán. Las nuevas aspiraciones subimperiales se nutren de esta gestión de los recursos petroleros.

El principal hito saudita en la consolidación de una fuerza propia ha sido el apadrinamiento de los yihadistas. Los monarcas protegen y financian a una variedad de grupos terroristas que desestabilizan a Occidente. Esas organizaciones perfeccionan el terrorismo talibán, que Estados Unidos fomentó hace varias décadas para expulsar a la Unión Soviética de Afganistán. Forman redes que las potencias occidentales utilizan para destruir a los regímenes adversarios del mundo árabe. Esa demolición ha servido para sepultar los vestigios de laicismo y modernización cultural que despuntaban en esas Resultado de imagen para arabia saudita y los yihadistassociedades.

Pero los fundamentalistas terminaron forjando una fuerza transfronteriza, que se alimenta del odio generado por las destrucciones imperialistas. Prometen una regeneración social fundada en estrictas normas de autenticidad religiosa. Esos principios incluyen alcanzar el paraíso a través de la inmolación suicida. Siguiendo la pauta de Bin Laden, los distintos grupos tienden a desenvolver acciones autónomas que escapan al control de sus creadores.

Arabia Saudita preserva esas organizaciones para apuntalar sus metas de hegemonía. Pero el futuro del reino es muy incierto. Varios estrategas del Departamento de Estado evalúan la conveniencia de acabar con el fundamentalismo neutralizando a la propia monarquía. Promueven incluso la balcanización de Arabia Saudita, para transformar a ese país en una colección de impotentes mini-estados (Katz, 2017).

Los jeques garantizaron la pulverización de los adversarios seculares de Occidente. Pero su retrógrado régimen deteriora las alianzas con vertientes liberal-conservadoras, más subordinados a Estados Unidos. Este conflicto retrata la tensión potencial que genera la evolución subimperial de los sauditas (Petras, 2014).

Una incierta reconstrucción

Irán confirma el estatus cambiante del subimperialismo. Marini incluyó a ese país en su clasificación, cuando el Sha Palhevi actuaba como potencia regional, en sociedad con el Pentágono contra la URSS. El régimen teocrático que sustituyó a la monarquía no sólo dejó de ejercer ambas funciones. Ha chocado en forma muy aguda con Estados Unidos.

Su intervención reciente en Siria ratificó esa confrontación. También ilustró cómo los Ayatollahs apuntalan al régimen de Assad, para reforzar su preeminencia en Irak y contrarrestar el acoso saudita en Yemen. Participan en esos conflictos con armas, asesores y cierto despliegue de fuerzas regulares. Su ambición regional se verifica en el reclutamiento de chiitas, para disputar liderazgo con sus adversarios sunitas en todo el mundo árabe (Behrouz, 2017).

Irán negocia en forma directa con las grandes potencias. Ha permitido a Rusia incursionar desde su territorio contra los yihadistas, pero mantiene abiertas las tratativas nucleares iniciadas con Obama. Al cabo de varias décadas de aislamiento económico, el régimen acepta un desarme parcial a cambio de inversiones occidentales. Tramita un lugar protagónico en los gasoductos que diseñan las compañías petroleras (Armanian, 2016).

Los socios privilegiados del capitalismo iraní se definirán en la intensa batalla interna que libra el ala pro-occidental (Rohani), con la vertiente tradicionalista (Jamenei). Todos buscan desactivar un descontento reformista, que amenaza la supremacía de los teólogos y militares en el manejo del gobierno. Estados Unidos intentó destruir a Irán mediante guerras, sabotajes y embargos. Obama ensayó un giro negociador, pero el curso de esas tratativas es incierto. Todos conocen la capacidad potencial de Irán para reconstituir su incidencia como gran jugador subimperial.Resultado de imagen para iran en siria

La rivalidad en esos términos que mantienen Turquía, Arabia Saudita e Irán no se extiende a otros países como Egipto, cuyas ambiciones quedaron diluidas por el cúmulo de derrotas sufridas ante Israel. Esas frustraciones condujeron a un sometimiento total al Departamento de Estado.

Medio Oriente es un área de tensiones subimperiales por la continuada preeminencia de sociedades inestables. Todos los países cargan con las frustraciones generadas por el fracaso de la modernización secular. Persisten los poderes militares autocráticos asociados al mundo de los negocios, que utilizan la religión para legitimar su dominación (Amin, 2011: 201-216).

En ese escenario los sub-imperios tradicionales (Turquía), nuevos (Sauditas) y en recomposición (Irán) disputan supremacía. Estados Unidos usufructúa con esos conflictos, apuntalando periódicamente a una sub-potencia contra otra. Busca desgastar a todos para mantener un balance de poder. En esta maquiavélica acción, el imperialismo central remodela su propio control sobre aliados y contrincantes.

Apéndices coimperiales
Entre los socios de Estados Unidos que desenvuelven intereses propios, Israel fue catalogado por Marini como un subimperio. Ciertamente presenta muchos rasgos de ese tipo. Pero tiene más parecidos con los países orgánicamente integrados al imperialismo colectivo. Este último grupo opera como una prolongación directa de los centros y correspondería asignarle otra denominación. Más que socios son apéndices de esa estructura. La compenetración de esos países con sus hermanos mayores induce a identificarlos con “provincias externas” de Estados Unidos (Amin, 2013), “imperialismos secundarios” (Bond, 2015: 15-16) o “mini-imperios” (Petras, 2014). Esta performance asemeja a Israel con Canadá y Australia.

En los tres casos prevalece una adaptación contemporánea a la gestión imperial. No son viejas potencias subordinadas en forma silenciosa (Inglaterra) o conflictiva (Francia) al líder norteamericano. Tampoco han transitado por experiencias previas de ambición global (Alemania, Japón) o preeminencia colonialista (España, Portugal, Holanda).

Resultado de imagen para gazaIsrael, Canadá y Australia ocupan un lugar clave en la custodia del orden global. Por su total amalgama con Pentágono y la OTAN no participan del conglomerado subimperial. Tanto en la coordinación económica, como en la acción política y la coerción militar, los tres países actúan más como prolongaciones que como asociados de Estados Unidos. Conforman estados que nunca desplegaron gran autonomía, ni se involucraron en los conflictos que caracterizan a los subimperios. Remodelan sus acciones en consonancia con su tutor y garantizan, a escala regional, los mismos intereses que Estados Unidos asegura a escala global.

Esa articulación con el poder norteamericano tiene un cimiento histórico en el legado común de sociedades gestadas por colonos de piel blanca. Comparten la misma herencia de racismo, exterminio de pueblos originarios, ocupación de tierras ajenas y prejuicios ideológicos euro-centristas.

Esa afinidad de Israel, Canadá y Australia facilita un predominio de políticas explícitamente pro-occidentales, que no se verifica en Turquía, Arabia Saudita o Irán. Por estas razones Israel no cumple en Medio Oriente funciones equivalentes a sus competidores. Actúa como exponente de un lobby sionista, directamente enlazado al aparato estatal estadounidense. Esta diferencia cualitativa lo separa de otros socios de Norteamérica en la región.

Aunque Turquía tiene bases de la OTAN, Egipto es el gran receptor de armamento yanqui y Arabia Saudita es un sostén financiero del dólar, Israel cuenta con privilegios que la primera potencia no extiende a ningún otro aliado.

El origen de esa preferencia es la sintonía de Estados Unidos con el colonialismo tardío de Israel. Este país recrea todos los mecanismos de la opresión occidental. Propicia la anexión territorial, la democracia de exclusión, la expulsión de la población autóctona y la creación de una masa de refugiados. En nombre de la reparación histórica del holocausto, ejerce el terrorismo de estado en los territorios ocupados (Katz, 2007).Resultado de imagen para eeuu israel

La integración israelí al poder estadounidense se afianzó luego de varias guerras con los vecinos árabes. Mantiene igualmente conflictos recurrentes con el Departamento de Estado. El belicismo sionista asegura el control imperial de la región, pero obstruye la flexibilidad de la política exterior yanqui. Destruye mercados y aliados posibles, impone guerras adicionales y genera problemas en el manejo del petróleo.

Estas tensiones alcanzaron un punto crítico en la última fase de la administración de Obama. En alianza con los republicanos, Netanyahu impugnó en inéditos términos el acuerdo con Irán. Israel intenta ahora la captura completa de Cisjordania para liquidar la farsa de los dos estados. Con ese objetivo incentivó la demolición de un adversario sirio que albergó a los palestinos. El gobierno israelí no acepta perder el monopolio atómico regional frente a las instalaciones construidas por los Ayatollahs y boicotea el convenio suscripto para desmantelar esas estructuras.

¿Modificarán esas tensiones el estatus de Israel? ¿Sustituirá su rol de apéndice estadounidense por un papel semejante a los subimperios? Es una posibilidad derivada del carácter cambiante de esas configuraciones. Irán es un ejemplo de esas mutaciones. Pero la trayectoria de Israel induce al país a una permanencia en su condición de prolongación imperial.

Contrapunto de situaciones

Australia es otro caso de un ensamble total con las potencias centrales. Algunos estudios utilizan el término “coimperialista” para definir ese posicionamiento (Democratic, 2001). Desenvolvió esa función, desde los servicios que prestó a Gran Bretaña para bloquear el ingreso de rivales (Alemania y Japón, Francia), a una alejada zona del Pacífico.

Posteriormente Australia recreó todas las formas del imperialismo tradicional. Consolidó la primacía de la acción militar, el chauvinismo y la ideología racista. Ese acervo opresivo le permitió integrarse a la política militar norteamericana, para jugar un papel contrarrevolucionario en Corea, China, Vietnam e Indonesia. En los últimos años asumió un rol policial en Timor y facilitó las iniciativas propiciadas por Estados Unidos en desmedro de Portugal.

Pero en ese papel de custodio imperial Australia también afianzó la presencia de sus empresas. Exportó capital y se transformó en un gran artífice del capitalismo en el Pacifico. En la última década protagonizó otra reconversión y retomó su especialización en la exportación de los minerales requeridos para la industrialización asiática. Esta sucesión de cambios se consumó remodelando su estatus coimperial.

Canadá es un caso semejante de alta participación en incursiones militares externas. Las empresas del país consolidaron, además, un fuerte integración con Estados Unidos. El correlato de esos negocios ha sido una mayor atadura a las demandas del Pentágono.

Israel, Australia y Canadá no se amoldan, por lo tanto, al sentido que Marini asignó al subimperialismo. La aplicación de este concepto pResultado de imagen para canada y australiaodría en cambio extenderse a India, que ejerce un rol parecido a Turquía en su zona de influencia. Mantiene una relación análoga de asociación, autonomía y dependencia con Estados Unidos.

La ubicación de India en el casillero subimperial es congruente con la omnipresencia regional de su ejército. Interviene activamente en la convulsión de Sri Lanka, en las tensiones de Bangla Desh y en los conflictos con Nepal.

Sus fuerzas armadas continúan actuando en Cachemira al cabo de cuatro guerras con Pakistán. Esa misma presencia se verifica en las disputas fronterizas con China. Luego del choque militar de 1962 persiste la indefinición del futuro de Tíbet. El ejército cumple también un papel central frente a la oleada de terror talibán, en un contexto de gran opresión de las minorías musulmanas.

El perfil subimperial de India se nota en los giros de sus clases dominantes. Adoptaron el credo neoliberal luego del desplome de la URSS y aprovecharon la complicidad del ejército pakistaní con los talibanes, para apuntalar su confluencia con Estados Unidos.

Este enorme protagonismo geopolítico de India diferencia al país de otras economías semiperiféricas. Sus pretensiones regionales expansivas se corroboran en el plano de la ideología y la religión (Morales, 2013). India y Turquía ilustran modelos de subimperialismo que no se aplican a Israel, Canadá o Australia.

Pecualiaridades de otra potencia
Es intuitivamente evidente que Rusia difiere de los subimperios. No es ubicada en ese casillero por quienes resaltan ese rasgo en los BRICS. Todos perciben que es una configuración de otra especie. Rusia no ejerce el rol de gendarme complementario que caracteriza a los subimperios. Es una potencia militar en continuo choque con Estados Unidos. Albergó, además, durante la mayor parte del siglo XX, un sistema no capitalista conflictivo con cualquier modalidad de imperialismo contemporáneo.

Rusia afronta una inserción económica internacional vulnerable (Dzarazov, 2015). Se asienta en el extractivismo y la explotación extensiva de los recursos naturales y no ha superado la crisis demográfica y el estancamiento industrial que sucedió al colapso de la URSS. Exporta materias primas y preserva una industria poco competitiva. Los oligarcas que se apoderaron de las propiedades estatales invierten poco, especulan en los mercados financieros y protegen gran parte de sus fortunas en el exterior.

Luego de la devastadora experiencia del neoliberalismo extremo que encabezó Yelstin, la restauración capitalista fue remodelada con una gestión autoritaria. Putin reintrodujo el control estatal, limitó el saqueo y recuperó la gravitación militar del país. Esa reconstitución incluyó la reivindicación del patriotismo ruso y un retorno al padrinazgo sobre las zonas fronterizas (Presumey, 2014).
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El desplome de la Unión Soviética precipitó la separación de 14 repúblicas no rusas y el resurgimiento de conflictos con otras 21 naciones, que ocupan el 30% del territorio. La permanencia de ese vecindario bajo la égida de Moscú es la prioridad geopolítica del Kremlin. Ese control se reavivó bajo la dura presión de Occidente. Con la segunda guerra de Chechenia (2000), la respuesta militar en Georgia (2008) y la reintegración de Crimea (2014), Putin puso freno a la pretensión norteamericana de convertir a Rusia en un vasallo.

Esta actitud defensiva frente al imperialismo -junto a una conducta ofensiva hacia los vecinos- explica el peculiar posicionamiento externo de Rusia. Se asemeja a los subimperios en la búsqueda de supremacía regional, pero soporta un hostigamiento estadounidense que lo distancia de esa condición. Rusia combina la protección de sus fronteras con la ambición de forjar una estructura propia de dominación.

Esa contradicción difiere de los dilemas que afrontan Turquía, Arabia Saudita o India. Rusia no mantiene una relación de asociación y autonomía con Estados Unidos, sino una tensión estructural de gran alcance. Por eso no le cuadra la categoría subimperial. Las clases dominantes aspiran a un estatus más significativo, a pesar del carácter embrionario de ese anhelo.

Imperio en formación

La fórmula que más se ajusta al perfil actual de Rusia es imperio en formación. Implica la preeminencia de un proceso muy incompleto y provisorio. Se podría utilizar también otras denominaciones como semi-imperio, pre-imperio o proto-imperio. Este último concepto alude a una formación ya contenida en la estructura actual. Es semejante a la proto-industrialización (fabricación a domicilio), que anticipó la manufactura en el debut del capitalismo.

Resultado de imagen para rusia imperialismoAlgunos analistas estiman que Rusia es un imperio consumado, que desenvuelve conductas de gran potencia en los choques con sus rivales (Pozo-Martin, 2015: 207-219). Pero omiten registrar que no se trata de una confrontación entre pares. Existe un abismo de poder entre Rusia y sus contendientes de Occidente.

La descripción del país como un imperio ya establecido resalta una historia de colonización interna, tanto en el periodo feudal, como en la era soviética y en la actualidad (Kowalewki, 2014). Pero es cuestionable afirmar que Rusia es un imperio porque ya lo era anteriormente. Se olvidan las enormes mutaciones registradas al cabo de tantos siglos.

Es particularmente problemático suponer que durante 70 años de régimen no capitalista perduró ese hilo de continuidad imperialista. Con ese criterio se diluye la definición de ese estatus en relación a los regímenes sociales vigentes en cada momento. No se entiende con qué interpretación de imperialismo se trazan equivalencias entre el imperio zarista, soviético y contemporáneo.

En la vereda opuesta de esa caracterización se ubica la presentación de Rusia como un faro del antiimperialismo contemporáneo (Escobar, 2014). Este enfoque suele incluir elogios a Putin, como lúcido conductor de la resistencia a Estados Unidos. Esta descripción repite razonamientos de la vieja ortodoxia comunista olvidando que la URSS desapareció. Rusia está gobernada actualmente por capitalistas que priorizan su propio bienestar. Afronta tensiones con Estados Unidos desde la perspectiva de una potencia opresiva en ciernes.Resultado de imagen para rusia potencia mundial

La enemistad de Occidente no convierte al gobierno ruso en defensor de los desposeídos. Es totalmente válido centrar los cañones en el enemigo principal, pero es ingenuo embellecer a un imperio naciente. Equiparar a Rusia con Estados Unidos es tan equivocado como contrastarlos, imaginando antagonismos definitivos entre formaciones capitalistas. Un imperio en gestación y otro dominante no son iguales, pero tampoco se ubican en polos contrapuestos.

El estatus de Rusia se clarifica analizando su relación con las potencias centrales y su vecindario. Los criterios expuestos por Lenin a principios del siglo XX no resuelven ese problema y su esquemática aplicación conduce a razonamientos abstractos.

Algunos autores afirman, por ejemplo, que Rusia no es imperialista por el reducido papel de los bancos internacionales y las exportaciones de capital (Annis, 2014). Otros entienden que sí es imperialista por la influencia de los monopolios y las inversiones externas (Slee, 2014). Pero el líder bolchevique utilizaba parámetros de ese tipo para definir las peculiaridades de una etapa del capitalismo. No pretendía clasificar a los países. Con ordenamientos atados a esas características, una potencia de la centuria pasada tan aguerrida como Japón, quedaría excluida del club imperial.

Rusia actúa como un imperio en constitución. Su comportamiento en el reciente conflicto de Ucrania confirma ese perfil. Estados Unidos aprovechó la oleada de protestas contra el gobierno autocrático de ese país, para favorecer el copamiento derechista de una revuelta e inducir un golpe de Estado. Pretendió transformar a Ucrania en satélite de la OTAN, para consolidar el cerco de misiles que estableció en Polonia, Estonia Letonia y Lituania (Rozhin, 2015).

Putin respondió con la asimilación de Crimea y consintió la resistencia en el Este ucraniano (Donetsk) contra el gobierno reaccionario de Kiev. Pero bloqueó las acciones autónomas y radicales de esos sublevados (Kagarlisky, 2015).
Lo ocurrido ilustró cómo Obama intentó debilitar a Rusia para quebrar cualquier alianza autónoma con Europa. También demostró que Putin resiste esa andanada para reconstruir la hegemonía regional del país. El Departamento de Estado utilizó sus agentes en Kiev y el Kremlin respondió con jugadas de fuerza en Crimea y Siria. El imperialismo central y su rival en formación ratificaron su naturaleza en esas batallas.

Otra variante en gestación

eeuu vs chinaTambién China podría ser caracterizada como un imperio en constitución. Esa fisonomía se verifica observando cómo el pasaje de un régimen burocrático a otro capitalista ha modificado la política exterior del país. Ya es una potencia embarcada en proyectos de alcance global (Rousset, 2014).

Este carácter mundial (y no meramente regional) de la estrategia seguida por el gigante asiático, induce acertadamente a rechazar su clasificación dentro del conglomerado subimperial (Luce, 2015: 38-39).

La aplicación del concepto es inadecuada en este caso por la tensión estructural que mantiene el país con Estados Unidos. En este plano se asemeja a Rusia y se diferencia de Turquía o India. La potencia oriental no integra la OTAN, sino que es hostilizada por el Pentágono. No forma parte del orden imperial actual, sino que rivaliza con esa estructura. Por esa razón se perfila como un imperio en gestación y no como otro eslabón del circuito subimperial.

A pesar de su apabullante presencia económica, del peso de sus exportaciones y la magnitud de sus inversiones foráneas, China no es aún una potencia imperial. En algunas regiones -como África- se apropia de recursos naturales y endeuda a las economías insolventes. Pero no actúa como un imperio.

Algunos pensadores estiman que repetirá la trayectoria de Japón y Alemania, que en el pasado buscaron salidas externos a sus dificultades de crecimiento interno (Dockés, 2013: 131-153). Pero esta visión no registra el curso inverso que ha seguido China. Profundiza su expansión global a partir de una integración previa a la mundialización. Este modelo no regía a principios del siglo XX. Japón y Alemania competían con Estados Unidos o Inglaterra, sin compartir asociaciones económicas con sus rivales.

China es protagonista de la mundialización, pero tiene poco desenvuelto el elemento geopolítico-militar del imperialismo que ha desarrollado Rusia. Gestiona el segundo producto bruto del planeta, es el primer fabricante de productos industriales y recibe el mayor volumen de fondos del mundo. Pero esa gravitación económica no tiene correlato militar.china barco

El gigante oriental arrastra falencias en la modernización de sus fuerzas armadas, no participa de alianzas bélicas y carece de bases en el exterior. El pasado colonial todavía pesa en el divorcio de Taiwán y la parcial reintegración de Hong Kong (Loong Yu, 2015).

Hasta ahora el emergente asiático desenvuelve estrategias defensivas, especialmente en su principal canal de abastecimiento (el Mar de China). A diferencia de Rusia no ensaya respuestas militares -tipo Georgia o Siria- frente al hostigamiento norteamericano. Mantiene un perfil bajo y evita confrontaciones.

Esa auto-restricción de China coincide con el perfil cultural de un gigante que llegó tarde al mercado mundial. Con una lengua de uso puramente interno se limita a copiar la gestión transnacional de las empresas. Pero su política exterior no guarda tampoco parentescos con la imagen angelical de una potencia empeñada en forjar relaciones internacionales equitativas (Escobar, 2015). Esta mirada omite que el país actúa con parámetros capitalistas que excluyen la equidad y la cooperación.

China no inventa un capitalismo benévolo, ni se propone recuperar su antigua primacía durante el primer milenio . Se expande con reglas de opresión capitalistas, que no existían en ese lejanísimo antecedente. La combinación de preeminencia económica y estrechez geopolítica que afronta China suscita distintos pronósticos. Algunos piensan que continuará un curso ascendente, fortaleciendo su alianza con Rusia para aprovechar el declive occidental (Zibechi, 2014).

Otros estiman que el país ya está muy integrado en la economía global y seguirá acumulando dólares o Bonos del Tesoro para mantener el modelo exportador (Hung, 2015: 196-201). Pero como potencia no sustitutiva de Estados Unidos deberá lidiar con las tensiones de una integración económica socavada por rivalidades políticas.

Las vacilaciones del establishment norteamericano frente a China ilustran el desconcierto que provoca esta indefinición de rumbos. El status imperial del país es una incógnita del mismo tipo.

¿Brasil subimperial hoy?

Brasil fue el principal modelo de Marini para caracterizar a los subimperios. ¿Encaja ese concepto con la realidad actual? No cabe duda que el país mantiene su condición de economía intermedia. E se posicionamiento persiste por el tamaño y gravitación de sus mercados. En el 2005 desplazó a México en el tope regional y en términos absolutos su producto llegó a ocupar el sexto lugar mundial.

Esta incidencia se verifica también en el el rol de las multinacionales. Hay 11 firmas de origen brasileño entre las 100 principales compañías globales y las inversiones en el exterior pasaron del 0,1% (1970) al 2,3% (2006%) del total global. Las grandes compañías se han especializado en recursos naturales (Gerdau, Vale, Petrobras, Votorantim), construcción (Odebrecht, Andrade Gutiérrez) e ingeniería (Marcopolo, Sabó, Embraeer, WEG, Tigre). Han contado con el sostén de un gran banco estatal (BNDES) y tuvieron un desenvolvimiento superior a sus pares de Argentina o México (Bueno; Seabra, 2010).Resultado de imagen para brasil grandes empresas

Pero la economía brasileña difiere del perfil que presentaba en los años 60-70. Durante las últimas décadas reapareció la especialización en exportaciones básicas, junto a un significativo retroceso de la industria. Esa regresión coexistió con el creciente endeudamiento del estado. Los bancos y el agro-negocio han recuperado primacía frente a los industriales en el bloque de las clases dominantes.

Brasil perdió el aura de economía industrial ascendente. Los países asiáticos transformados en talleres del mundo han acaparado esa fisonomía. El declive fabril brasileño es muy relevante para un diagnóstico subimperial en los términos de Marini. El pensador marxista atribuía esa condición a incursiones externas derivadas del despunte manufacturero. Si esa esfera declina se replantea el estatus del país en la mirada dependentista.

En nuestra actualización, la dimensión económica no es tan relevante como el papel geopolítico, en la caracterización de un subimperio. Brasil ha consolidado en este plano su relevancia internacional. Forma parte de los BRICS, opera como la principal cancillería frente a cualquier crisis regional, es el interlocutor prioritario del Departamento de Estado y aspiró a un asiento en el Consejo de Seguridad de la Naciones Unidas.

Pero también se ha confirmado la ambivalencia de sus gobiernos para liderar procesos de integración económica y conformación de bloques regionales. En las últimas décadas todos los presidentes vacilaron entre dos estrategias sin definir ninguna. No avanzaron en la inserción multilateral propia, ni en liderar una presencia sudamericana autónoma.

banco del sur16Las dudas en el primer terreno condujeron a frenar la promoción de una moneda común en la zona , bloquear la implementación del Banco del Sur y frustrar el manejo coordinado de las reservas acumuladas por la región. El Mercosur fue formalmente propiciado sin ningún acompañamiento práctico. Abundaron las proclamas pero no las iniciativas efectivas.

Como la expansión agro-exportadora de Brasil se consumó en gran medida fuera del vecindario, el interés por el resto del mundo prevaleció en desmedro de Sudamérica. Despertó más atención el Banco de los BRICS que el Banco del Sur y se amplió la participación en la cartera del FMI, a costa de la articulación financiera latinoamericana. Este divorcio entre intereses globales y regionales diluyó el perfil geopolítico del país.

En comparación a la época de Marini, Brasil afianzó su autonomía frente a Estados Unidos. Participa en organismos -como UNASUR o CELAC- alejados del tradicional sometimiento de la OEA. Pero esta ampliación de la acción propia no se tradujo en acciones subimperiales.

La ambigüedad de Brasil se verifica en el plano militar. Los gobiernos optaron por el rearme para proteger los recursos naturales. Modernizaron barcos, aviones y sistemas de detección para custodiar las fronteras y resguardar la Amazonía.

Pero desenvolvieron una sola incursión externa con la ocupación de Haití. Coordinaron ese operativo con Estados Unidos para cumplir las mismas funciones policiales que anteriormente ejercían los marines. Lejos de brindar auxilio humanitario contuvieron revueltas y aseguraron el orden semicolonial. El carácter reaccionario de esa invasión salta a la vista, pero su impronta subimperial es controvertida. Brasil lideró un pelotón latinoamericano integrado por países como Uruguay, que nadie podría situar en ese estatus. El subimperialismo no se define por la simple participación en operaciones internacionales de custodia del orden capitalista.

CiResultado de imagen para minustahertamente Brasil encabeza la legión que interviene en Haití. Pero Marini no caracterizaba al subimperialismo por la presencia bélica en acciones propiciadas por el Pentágono. Por eso no aplicó el término a la intervención brasileña en la Segunda Guerra Mundial. Su tesis apuntaba a resaltar acciones específicas de la clase dominante para reforzar el lucro de las multinacionales. Esta caracterización se aplica muy parcialmente al caso de Haití.

El espacio de Brasil para implementar políticas subimperiales en la coyuntura actual es estrecho. El desplazamiento de Dilma fue consumado por un trípode de parlamentarios corruptos, jueces y medios de comunicación, que reemplaza a los militares en la instrumentación de asonadas reaccionarias.

Extendieron a Brasil el nuevo tipo de “golpes blandos” que el establishment efectivizó previamente en Honduras y Paraguay. Estas acciones para-institucionales socavan la estabilidad requerida para implementar estrategias subimperiales. La restauración conservadora signada por el alineamiento total con el Departamento de Estado, sólo augura un prolongado periodo de crisis.

Comparaciones con oros casos

Si se compara el nivel de intervención militar externa de Turquía con Brasil salta a la vista el abismo de injerencia que se verifica en ambos casos. Como el primer país ofrece un modelo de intervención subimperial actual, resulta forzado extender esa caracterización a la nación sudamericana. El mismo contrapunto podría establecerse con India. Conviene recordar que Brasil no arrastra tradiciones centenarias de opresión, ni desarrolló acciones bélicas sistemáticas fuera de sus fronteras. Mantuvo una subordinación conservadora frente a las potencias mundiales, sin incursionar por ejemplo en el tipo de aventuras que perpetraron los militares argentinos en Malvinas.

En las últimas décadas el gendarme más activo de Sudamérica ha sido Colombia. Con el pretexto de combatir el narcotráfico, el Pentágono instaló seis bases y adiestró una fuerza armada que ampara para-militares, amenaza a Venezuela y espía a todos los vecinos. Ese ejército -guiado por marines e incorporado a la OTAN- es el principal represor de la región, pero no conforma un pelotón subimperial. Carece de la autonomía requerida para actuar en ese plano y responde a una clase dominante sin proyectos de supremacía zonal. Colombia se encuentra mucho más lejos que Brasil en cualquier clasificación de los subimperios.Resultado de imagen para colombia ejercito

La evolución reciente de Brasil presenta semejanzas con Sudáfrica. La principal economía del continente negro desenvolvió durante la mayor parte del siglo XX una activa intervención en sus zonas aledañas, para ampliar los negocios de las empresas localizadas en Johannesburgo y contrarrestar las rebeliones anticoloniales.

El término subimperialismo fue apropiadamente utilizado para calificar esa estrategia del Apartheid. El sistema racista de opresión interna operó en forma nítida como una fuerza contrarrevolucionaria externa. Presentó muchos parecidos con el prusianismo militar descripto por Marini (Bond, 2005). Pero al igual que en Brasil, el problema aparece al momento de actualizar esa caracterización. La tesis subimperial podría ser mantenida, si se prioriza la expansión de las firmas sudafricanas bajo el neoliberalismo post-Apartheid.

Los gobiernos de ese periodo han sido bendecidos por el FMI. Cooptaron a las nuevas elites negras, para implementar políticas regresivas que potencian la desigualdad social, el endeudamiento y el saqueo de los recursos naturales del vecindario de Sudáfrica. La dominación financiera y el predominio de las empresas mineras de Johannesburgo son muy visibles en Congo y Angola (Bond, 2016). Aquí se verifica la analogía con las transnacionales brasileñas.

Pero con la extinción del Apartheid ha desaparecido la intervención militar externa explícita de las tropas de ese régimen. Tampoco perduran incursiones laterales como las implementadas por el Pentágono. La descarada intervención del imperialismo francés en sus viejas colonias no tiene correlato en África Austral.

La herencia legada por el régimen racista impide a los gobiernos sudafricanos utilizar la fuerza militar explicita fuera de sus fronteras. Ese recorte del margen de acción bélica externa, torna poco aplicable el término subimperial a la principal economía del continente negro. Al igual que Brasil, Sudáfrica persiste como un subimperio sólo potencial. Confirmando el perfil variable de esa categoría no cumple ese rol en la actualidad.

Controversias en la aplicación

La continuada influencia de las empresas transnacionales que operan desde Sao Paulo es remarcada en la caracterización subimperial actual de Brasil (Luce, 2015: 29-31). Esta mirada recuerda que durante la gestión del PT, las grandes empresas buscaron nuevamente compensaciones externas a las limitaciones del poder de compra local. El incremento del consumo interno no diluyó esa necesidad de mercados foráneos. Las multinacionales incursionaron en negocios lucrativos en Sudamérica, generaron conflictos en Paraguay y Ecuador y compraron activos en Argentina. Lula y Dilma actuaron como lobistas de esas compañías perfeccionando la mediación diplomática de Itamaraty.

Pero ese expansionismo no determinó un perfil subimperial. Ningún gobierno del nuevo siglo recurrió a la supremacía militar o a la presión geopolítica explícita para apuntalar a esas empresas. Apelaron a la mediación en los conflictos que esas compañías tuvieron con los gobiernos radicales de Bolivia y Venezuela. Esa actitud contrasta con las posturas de los gobiernos militares de la época de Marini (Martins, 2011).Resultado de imagen para temer y odebrecht

Otro contrapunto entre ambos periodos despunta en la solvencia de esas empresas. La expansión del pasado ha sido sucedida por el deterioro que salió a flote con la crisis de Odebrecht. Lula actuaba como abogado de esa empresa en sus desarreglos externos y Temer afronta un mega-escándalo de corrupción. Odebrecht utilizaba un colapsado sistema de coimas internacionales para ganar licitaciones. Varios competidores foráneos quieren apoderase ahora de los negocios de la compañía insignia de Brasil. Las limitaciones para sostener el flanco geopolítico del subimperialismo comienzan a extenderse a la órbita económica.

Algunos autores estiman que la brecha estructural entre ambos planos signó la historia del país. Señalan que Brasil siempre mantuvo una presencia en el mercado mundial superior a su gravitación geopolítica. Consideran que ese desbalance afianzó una formación híbrida, que combina rasgos de semicolonia privilegiada con perfiles de sub-metrópoli dependiente (Arcary, 2016). Esta caracterización es una variante del estatus intermedio resaltado por numerosos investigadores. Pero esa definición debería considerar, además, las novedosas fracturas entre la esfera económica y el ámbito político-militar. Se han potenciado países con atributos en el primer plano sin correspondencia en el segundo (Corea del Sur) y situaciones exactamente inversas (Rusia).

No es sencillo precisar la peculiaridad intermedia de Brasil que exploró Marini. Pero ese estatus se ubica muy lejos del ascenso del país al rango de “nueva potencia global”, que ocupa el vacío dejado por el declive estadounidense (Zibechi, 2015). No existe ningún segmento de la economía brasileña comparable a sus equivalentes de Estados Unidos, Europa o Japón. Tampoco en el plano geopolítico o militar, el país se equipara con alguno de los imperios en gestación. No implementan acciones exteriores análogas al despliegue bélico de Rusia en Georgia o Siria. Y no se visualiza el menor signo de equiparación con la presencia de China en África o el sur de Asia (Sotelo, 2015: 70-86).

La ubicación de Brasil en un lugar de potencia central tampoco cuaja con alguna teoría del imperialismo. El único fundamento conceptual sería la mirada pos-desarrollista, que asocia la irrupción de nuevos poderes con la dinámica depredadora del capitalismo extractivista. Pero en ese caso la conceptualización del imperio vuelve a asumir connotaciones vagas y desvinculadas de la lógica de la acumulación.

Replanteo y utilidad

¿Cuál es la utilidacapitalismod del concepto subimperialismo en la actualidad? Contribuye ante todo a comprender la estructura jerárquica del capitalismo contemporáneo. Confirma que en la cúspide de este sistema se sitúan potencias centrales -que han actuado hasta ahora bajo el comando estadounidense-y que en la base se ubica el gran conglomerado de países dominados. En el medio de ambos polos se desenvuelven las distintas formaciones que operan como apéndices, rivales o asociados autónomos de los poderes dominantes. Todas esas sub-potencias buscan afianzar su hegemonía regional con posicionamientos distintos.

Los apéndices del imperialismo expanden ese poder en total sintonía con las estrategias de Washington, los imperios en formación chocan con ese centro y los subimperios desenvuelven acciones autónomas en coordinación o conflicto con las metrópolis. La categoría subimperio es particularmente apropiada para entender el estado de guerra permanente, que impera en ciertas zonas para dirimir supremacía regional. Las subpotencias recurren a la acción bélica para hacer valer su predominio. Medio Oriente es el principal ejemplo de estos escenarios. Las rivalidades entre Turquía, Arabia Saudita e Irán se procesan en esos términos.

Esa competencia desestabiliza el orden mundial, como lo prueba el descontrol de las fuerzas yihadistas. Genera convulsiones que se proyectan al interior de Estados Unidos y Europa. El terrorismo se ha desbordado como consecuencia de la acción autónoma de los subimperios. Este descontrol nunca se verifica en los países incorporados a la estructura del Pentágono o la OTAN. Es el caso de Israel, Canadá o Australia, que no actúan como subimperios sino como prolongaciones del imperialismo.

La categoría tampoco se aplica a las principales potencias en conflicto estructural con Estados Unidos. Rusia y China conforman imperios en formación que actúan a nivel global y no solo regional. Mantienen vínculos de hostilidad y no de asociación con Washington. En estos casos no rige el concepto de subimperio. Aquí la categoría sirve para ilustrar -por contraposición- cuál es el estatus de los principales adversarios del imperialismo occidental.

Los subimperios registran intensas mutaciones por su vulnerable inserción en la división internacional del trabajo y en el orden geopolítico global. Esos ascensos y descensos modifican su perfil. Junto a los subimperios en acción (Turquía), recomposición (Irán) o surgimiento (Arabia Saudita), otros no ejercen en la actualidad ese rol (Sudáfrica y Brasil).CAPITALISMO peces

La ausencia de despliegue militar de envergadura fuera de sus fronteras determina ese pasaje de subimperios efectivos a potenciales. El fin del Apartheid en el primero caso y el desarme atómico en el segundo fueron determinantes del tránsito de una posición a otra.

El subimperio ofrece un concepto provechoso para comprender la realidad contemporánea. Pero se requiere una reinterpretación de la noción distanciada de su aplicación original. Este replanteo valoriza el significativo geopolítico del concepto, en función de los grandes cambios mundiales registrados en los últimos 40 años.

¿Pero cuál es el nexo del subimperialismo con las categorías específicamente económicas de la Teoría Marxista de la Dependencia? ¿Cómo se relaciona con la superexplotación? Abordaremos este tema en nuestro próximo texto.

Resumen

El subimperialismo se verifica en Medio Oriente. Turquía exhibe esa condición en sus ambiciones de liderazgo neo-otomano. Con recursos petroleros y aventuras yihadistas Arabia Saudita intenta una hegemonía semejante. Irán rivaliza reconstruyendo su viejo peso regional. El estatus subimperial no se extiende al apéndice israelí del poder estadounidense. Lo mismo ocurre con Canadá y Australia. En cambio India reúne todos los ingredientes de esa categoría.

Rusia afronta tensiones estructurales con Estados Unidos buscando afianzar su dominación fronteriza. Es un imperio en formación, que difiere tanto de los contendientes occidentales como del antiimperialismo. China se ubica en el mismo casillero, pero con preeminencia económica y sin correlato geopolítico-militar. El deterioro industrial y las vacilaciones estratégicas actuales de Brasil contrastan con el diagnóstico de Marini. Al igual que Sudáfrica, tiene recortado su margen de intervención externa. Persiste como formación intermedia entre imperios y periferias. El subimperialismo contribuye a clarificar los escenarios de la época actual.

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