Alejandro Vanoli| El Gobierno argebntino plantea que el ajuste y la subordinación al FMI son el único camino posible y que, luego de atravesarlo, vendrá una etapa virtuosa de crecimiento y estabilidad donde todos estaremos mejor.

El propósito de este artículo es demostrar que ambos postulados son falsos, es decir, la experiencia indica que el camino del ajuste agrava todos los problemas en un círculo vicioso que deteriora el nivel de actividad y las cuentas públicas, lo que aumenta el peso de la deuda; y que hay otras formas posibles y exitosas de negociar con el FMI una salida que recupere el crecimiento, mejore la situación fiscal y nos desendeude.

Respecto a la primera afirmación, lo que el FMI y el Gobierno denominan el “programa argentino” recuerda la lógica del “déficit cero” de Domingo Cavallo en 2001. La actual estrategia plantea la necesidad de una reducción del gasto público para achicar el déficit. El Gobierno afirma, como se decía 17 años atrás, que un menor déficit bajaría el riesgo país y así ingresarían capitales. Esto reduciría la tasa de interés, lo que generaría crecimiento, y lograría solvencia y bienestar para toda la población.

La experiencia de 2001 marca, como está ocurriendo en el presente, que el ajuste deteriora la actividad económica. Esto provoca una disminución en la recaudación impositiva, lo que implica tolerar un mayor déficit fiscal o intentar ajustar más la economía, lo que profundiza la recesión. En ambos casos se agrava la dinámica de endeudamiento, lo cual desemboca inevitablemente en una crisis.

Este círculo vicioso de ajuste perpetuo, recesión, endeudamiento e insolvencia crónica es un fenómeno repetido en los países que tienen acuerdos con el FMI.

Es muy ilustrativo analizar dichos casos. En el caso de Grecia, Ucrania y Hungría, que adoptaron la receta de ajuste ortodoxo y la pérdida de derechos laborales, al cabo de cuatro años de iniciado el acuerdo con el FMI en cada país, pudieron reducir el déficit financiero, pero pagando un alto precio al profundizar su recesión, con el consiguiente aumento del desempleo y su nivel de endeudamiento.

A diferencia de los tres casos anteriores, Portugal tomó un camino distinto. A partir de 2015, una coalición de centro izquierda le planteó al FMI que iba a priorizar el camino del crecimiento y la equidad, para reducir sus desequilibrios. Así, impulsó una suba de los salarios reales y redujo la cantidad de horas laborales a pesar de la reticencia del Fondo. Al cabo de 4 años, Portugal retomó el crecimiento, redujo sus déficits externo y fiscal, tuvo mejoras sociales y redujo el peso de su deuda en relación con el PBI. Canceló su deuda con el FMI a fines de 2018.

Los casos observados son concluyentes, Grecia, Hungría y Ucrania no logran salir del estancamiento y Portugal logra salir de la crisis con políticas de crecimiento. En línea con la experiencia portuguesa, podemos recordar un antecedente de implementación de una política soberana de crecimiento con y a pesar del FMI: el caso argentino desde 2003 hasta 2006.

El presidente Néstor Kirchner sintetizó en esos años dicha estrategia con una frase elocuente: “Los muertos no pagan”. A pesar de los reparos del FMI, que insistía con la lógica del ajuste, el Gobierno argentino puso los caballos delante del carro y logró, con una política de crecimiento, excelentes resultados: superávits gemelos, baja del desempleo con suba del salario real y desendeudamiento del país.

Recordemos que el FMI había apoyado entusiastamente a la convertibilidad desde 1991, para desmarcarse recién en 2001, cuando la crisis era inminente. En simultáneo con los reparos del Fondo a la exitosa estrategia del Gobierno argentino pos 2002, el FMI mereció un fuerte informe crítico en junio de 2004 por parte de la Oficina de Evaluación Independiente, creada para evaluar el fracaso del Fondo con Argentina en los años 90.

Muchos de los “errores” volcados en ese informe vuelven a repetirse en el presente con un FMI que financia un plan inconsistente y permite liquidar activos del país para cerrar contablemente las cuentas, bendiciendo ajustes en rubros como salud, educación, ciencia y tecnología e infraestructura que atentan contra el crecimiento de largo plazo y la equidad.

Todo ello a pesar que el propio FMI admite actualmente que el crecimiento va de la mano de una sociedad más equitativa (ver el Reporte Anual del FMI 2018) y que ha adherido como organismo internacional a las metas de desarrollo sustentable (SDG) de las Naciones Unidas que establecen los claros vínculos entre crecimiento, equidad y sustentabilidad.

En contraposición a lo que el FMI postula en sus documentos oficiales, en Argentina el organismo apoya nuevamente políticas que generan recesión, inequidad y endeudamiento.

El Gobierno de Cambiemos aumentó la deuda argentina del 40% del Producto Bruto Interno en 2015 al 97% en septiembre de 2018, lo que marca un sendero no sostenible que podría desembocar en una crisis a partir de 2020, si continúan las políticas de ajuste y endeudamiento.

Para reducir el peso del endeudamiento y evitar una implosión como en 2001 hace falta volver a una política de desarrollo. Así, es imperioso recuperar la capacidad soberana para ejecutar la política económica y plantearle al FMI la necesidad de una política de crecimiento en línea con los exitosos precedentes señalados, adaptada a nuestro país y al contexto, y de acuerdo con lo que el propio FMI postula.

Aún estamos a tiempo de tomar otro camino y encarar una estrategia alternativa que implique: volver a crecer sostenidamente y generar recursos a partir de la recuperación del salario real y el consumo popular; reprogramar ordenadamente los vencimientos de la deuda pública, en función de las posibilidades de pago sin sacrificar crecimiento. En ambos casos atendiendo también al cuidado del equilibrio externo, desandando la apertura importadora y la desregulación financiera y cambiaria que nos llevó a esta crisis. Dicha estrategia nos permitiría recuperar la solvencia y obtener mejoras sociales en un marco de estabilidad de manera sustentable.

La magnitud de la crisis que heredará el nuevo Gobierno a asumir el 10 de diciembre de 2019 requerirá de un pacto social para el crecimiento en el marco de un plan cuatrienal de desarrollo con equidad, lo que requiere de un gran acuerdo político y parlamentario para generar políticas de Estado con amplio consenso.

Hay un camino alternativo al ajuste que nos conduce a una caída perpetua. No hay forma de que la solvencia financiera se divorcie de la marcha de la economía real. La única forma de no incurrir en un el default es evitar la quiebra productiva y saldar la grave deuda social que se acumuló en estos tres años.

*Ex presidente del Banco Central de la República Argentina y de la Comisión Nacional de Valores. Director de Synthesis Argentina.